El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Incluso asÃ. A pesar de que nuestro caminar ha sido difÃcil y las provisiones escasas, la verdad es que no podemos quejamos, salvo por el hecho en sà de habérsenos llevado por la fuerza a una tierra lejana.
—¡Dios le bendiga por esas palabras tan reconfortantes! —exclamó el tembloroso Munro—. ¡Me encontraré a mis niñas como ángeles sin mancillar, tal y como las dejé!
—No sé si su rescate podrá llevarse a cabo —contestó David entre dudas—; el jefe de estos salvajes está poseÃdo por un espÃritu tan maligno que ninguna fuerza, salvo la del Omnipotente, podrÃa vencerle. He intentado convencerle, tanto despierto como en sueños, pero ni el lenguaje ni los sonidos parecen hacer mella en su alma.
—¿Dónde está ese bellaco? —intervino secamente el explorador.