El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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Magua había esperado en la montaña a que llegara el momento más idóneo para retirarse; descendió y tomó la ruta que bordeaba el lado occidental del Horicano, en dirección al Canadá. Dado que el sutil hurón estaba familiarizado con los caminos, y estaba seguro de que no corrían peligro alguno de ser perseguidos, el grupo recorrió poca distancia, con lo cual el esfuerzo fue menor. David pudo apreciar, desde su punto de vista, que la presencia de su persona fue más bien respetada que deseada; aunque ni el mismísimo Magua se vio exento de esa veneración india hacia los influidos por el Gran Espíritu. Por la noche cuidaron de sus cautivos con la mayor de las atenciones, tanto para aliviarles los consabidos inconvenientes del bosque como para prevenir su huida. Se dejaron libres los caballos en el manantial, como ya se ha comprobado; y, a pesar de lo alejado y remoto que estaba su rastro, utilizaron los ya mencionados artificios de confusión para anular cualquier posibilidad de ser localizados. Cora fue enviada a una tribu que ocupaba temporalmente un valle adyacente, aunque el desconocimiento de las costumbres y las tradiciones nativas por parte de David era tal que no fue capaz de dar cuenta satisfactoria acerca de qué tribu era. Sólo sabía que no habían tomado parte en la expedición contra el fuerte Willam Henry; pero, al igual que los hurones, eran aliados de Montcalm, además de mantener una relación amigable, aunque prudente, con esas gentes tan salvajes y guerreras cuya desagradable compañía el destino tuvo a bien que soportaran.


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