El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —En eso se equivoca con respecto a la naturaleza de un indio. Incluso el mingo adora a un único Dios verdadero. Decir lo contrario es una perversa mentira inventada por los blancos, para mayor vergüenza de mi raza, defendiendo la idea de que un guerrero nativo se inclinarÃa ante imágenes de su propia cosecha. Es verdad que muchos de ellos hacen pactos con el maligno, como lo harÃa cualquiera que se enfrentara con un enemigo inconquistable, pero siempre recurren a la bondad y la sabidurÃa de un solo Gran EspÃritu.
—Quizás sà —dijo David—; pero yo he visto imágenes extrañas y fantásticas hechas en su pintura de guerra, para cuya preparación se armarÃan de un orgullo espiritual, sobre todo una imagen en concreto, que representaba una bestia despreciable y repugnante.
—¿Acaso una serpiente? —preguntó el explorador con presteza.
—Muy parecida. Se trataba de la imagen de una horrenda tortuga.