El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Grandes pilas de ramas de arbusto estaban colocadas por el descampado, mientras una mujer india, débil y cansada, se ocupaba en encenderlas para que sirviesen de iluminación a la ceremonia que iba a tener lugar. Al avivarse el fuego, superaba a la menguante luz del día, haciendo que los objetos se hicieran más evidentes y a la vez más diabólicos. Todo ello constituía una escena impresionante, enmarcada por la alta silueta de la oscura hilera de pinos. Los guerreros que acababan de llegar eran las figuras más lejanas. Algo más adelante había dos hombres, quienes aparentemente habían sido seleccionados como los intérpretes principales de lo que iba a acontecer. La luz no era suficiente como para distinguir sus facciones, aunque era evidente que sus emociones diferían entre sí. Mientras uno se mantenía erguido y firme, preparado para aceptar heroicamente lo que le esperaba, el otro se presentaba cabizbajo, como si estuviera acobardado o avergonzado. Duncan, lleno de entusiasmo, sintió una profunda mezcla de admiración y simpatía por el primero, aunque no tuvo oportunidad de manifestar sus sentimientos abiertamente. No obstante, estaba al tanto del más mínimo movimiento por su parte; y mientras recorría con su mirada la estructura de su bien proporcionada y fuerte constitución, se quiso convencer de que si la capacidad de un hombre, ayudada por tan noble disposición, le permitiese salir ileso de tan severa prueba, el joven cautivo podría esperar tener éxito en la azarosa carrera que iba a protagonizar. De modo insensible se acercó Duncan a donde estaban agrupados los hurones, tan absorto en el espectáculo que apenas respiraba. Justo entonces se dio la señal, provocándose un estallido de voces que truncó el momentáneo silencio que la había precedido, y originando el tumulto más grande de todos los oídos hasta ese momento. La más derrotada de las dos figuras se quedó quieta, pero la otra reaccionó ala señal dando un salto con la rapidez de un gamo. En vez de seguir por el pasillo de las hostilidades, tan sólo entró en el mismo para girar rápidamente hacia un lado, antes de producirse el primer golpe, y brincar por encima de un grupo de niños para librarse del peligro. Tal maniobra fue contestada con los improperios lanzados por un centenar de voces, mientras la exaltada multitud se lanzó confusa y desordenadamente tras él, dominada por sus salvajes bríos.