El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Una docena de hogueras arrojaban su fantasmal luz sobre el lugar, asemejándose éste a un ruedo satánico y sobrenatural en el que se hubieran congregado unos demonios maliciosos para llevar a cabo sus infames ritos sangrientos. Las siluetas del trasfondo parecían seres de ultratumba planeando en el aire con gestos frenéticos e incomprensibles, mientras que las enfurecidas facciones de aquellos que pasaban cerca del fuego se volvían terroríficamente nítidas, alumbradas por las llamas.
Resulta fácil comprender que entre tanto enemigo vengativo no se le diera ni un solo respiro al fugitivo. Hubo un momento en el que parecía que iba a alcanzar el bosque; pero el grueso de los guerreros se lo impidió, llevándole de nuevo al centro de la masa que le perseguía sin piedad. Volviéndose como un ciervo acorralado, atravesó uno de los fuegos con la rapidez de una flecha. Aún ileso, y esquivando a la multitud, se dirigió por el lado opuesto del descampado; y allí le hicieron frente los más ancianos de la tribu de los hurones. Una vez más se decidió por alcanzar el bosque, como si buscara seguridad en sus oscuras profundidades, y durante varios minutos a Duncan le dio la impresión de que se hubiera perdido el joven.