El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Sólo se veía una oscura masa de formas humanas, gobernada por el más inexplicable de los caos. Se vieron alzar brazos, cuchillos afilados y porras inmensas por encima de sus cabezas, pero los golpes se daban obviamente a ciegas. El más horrible efecto lo producían las voces de las mujeres, cuyos gritos competían con los alaridos de los guerreros. De vez en cuando Duncan pudo percibir una forma ligera que saltaba desesperadamente, y mantenía sus esperanzas de que el cautivo aún tuviera facultades para eludirles. La multitud se volvió atrás repentinamente, hasta el lugar en el que se encontraba el oficial. La gran masa del fondo hizo presión sobre las mujeres y los niños de delante, derribándoles en ocasiones. El desconocido reapareció en medio de la confusión. Sin embargo, la capacidad humana no podía soportar durante mucho más tiempo semejante prueba, y el cautivo parecía consciente de ello. Aprovechando el momento y la brecha abierta en la multitud, realizó lo que a ojos de Duncan parecía un desesperado y último esfuerzo por ganar el bosque. Como si fuera consciente de que el soldado no suponía una amenaza, el fugitivo pasó justo a su lado en su huida. Un hurón grande y poderoso que le pisaba los talones estaba a punto de asestarle un golpe mortal desde atrás. Duncan extendió un pie en su camino, con lo cual el salvaje tropezó y salió lanzado a varios metros de distancia, permitiendo que el perseguido aumentara su ventaja con respecto a él; luego dio media vuelta y volvió a pasar como un meteorito por delante de Duncan, antes de que el indio volviera en sí y le detectara apoyado tranquilamente en una estaca pintada que se encontraba enclavada frente a la puerta de la vivienda principal.