El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Reconociendo que la actuación a favor del cautivo podría comprometerle, Duncan abandonó el lugar sin demora. Siguió a la multitud, que retrocedió hacia las chozas en actitud resentida, como cabría esperarse ante una ejecución fallida. Por curiosidad, o quizá por algo más noble, se acercó al desconocido; vio cómo se aferraba a la estaca con un brazo, mientras respiraba pesadamente por el esfuerzo consumado, aunque no estaba dispuesto a darse por vencido. Su integridad física estaba ahora bajo la protección de costumbres de tradición milenaria, y su destino dependería de lo que se decidiera en el consejo tribal. Con todo, no era difícil pronosticar el resultado, dado el sentimiento general de los que estaban allí presentes.