El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Las decepcionadas mujeres de la tribu no escatimaron ni una sola palabra malsonante del vocabulario hurón para dirigirse al desconocido por su éxito en la prueba. Abucheaban sus esfuerzos y le dijeron, con amargo desprecio, que sus pies eran mejores que sus manos, y que merecía alas al no saber usar flechas ni cuchillos. El cautivo no dio respuesta a tales cosas, sino que se limitó a brindarles una actitud a medio camino entre la dignidad y el desprecio. Exasperadas tanto por su suerte como por su compostura, sus palabras se tornaron menos inteligibles, a la vez que fueron acompañadas por agudos y estridentes gritos. Justo entonces, la mujer anciana que había tomado la precaución necesaria de encender las hogueras se abrió paso entre la multitud, asegurándose un puesto delante del cautivo. El físico escuálido y deteriorado de esta vieja mujer era directamente proporcional a su astucia. Echando atrás su haraposa manta, extendió hacia adelante su largo y delgado brazo, mientras hablaba en la lengua de los lenape, más comprensible a oídos de su interlocutor, diciendo en voz alta lo siguiente: