El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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No ocurría igual en el caso del individuo que acompañaba al amigo de Duncan antes de la prueba, quien se había quedado quieto al principio de la misma, permaneciendo como una estatua, triste y encogido de vergüenza, a lo largo de toda la turbulenta persecución. Aunque no se le tendió una sola mano en señal de saludo, ni tampoco se dignó nadie a mirarle siquiera, él también había entrado al recinto, como quien fuera llevado por una fuerza mayor que determinaba su destino, y contra la cual no pretendía oponer resistencia alguna. Heyward aprovechó la oportunidad para mirarle la cara, temeroso de reconocerlo también como alguien próximo a él; pero resultó ser un completo desconocido, y para mayor extrañeza, se trataba de alguien que llevaba las marcas de un guerrero hurón. Sin embargo, en vez de asociarse con los suyos se sentó aparte, cual alma solitaria en medio de una multitud; su cuerpo encorvándose en una actitud aislante, como si deseara ocupar el menor espacio posible. Cuando cada individuo se había colocado en su sitio y reinó el silencio, el jefe de pelo canoso que ya mencionamos antes habló en voz alta, utilizando la lengua de los lenni lenape;

—Delaware —dijo—, aunque provengas de una nación de mujeres, has demostrado ser un hombre. Te daría comida; pero aquél que coma con un hurón tendría que ser su amigo. Descansa tranquilo hasta el sol de la mañana, cuando hablaremos nuestras últimas palabras.


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