El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Durante siete noches, y otros tantos dÃas de verano, he seguido el rastro de los hurones en ayunas —respondió Uncas con frialdad—; los hijos de los lenape saben ir por el camino de los justos sin entretenerse con la comida.
—Dos de mis jóvenes guerreros están en busca de tu compañero —afirmó el otro, sin dar aprecio a las palabras altivas de su cautivo—; cuando regresen, nuestros sabios te dirán «vive» o «muere».
—¿Es que un hurón no tiene oÃdos? —respondió Uncas despectivamente—. Desde que ha sido vuestro prisionero, este delaware ha oÃdo sonar dos veces a una conocida arma. Tus jóvenes no volverán.
Una pausa breve y amarga siguió a esta atrevida afirmación. Duncan, entendiendo que el mohicano se referÃa al mortÃfero fusil del explorador, se interesó inmediatamente en los efectos que pudiera producir sobre los enemigos; pero el jefe se limitó a responder sencillamente:
—Si los lenape son tan hábiles, ¿cómo es que uno de sus mejores guerreros está aqu�
—Siguió los pasos de un cobarde que huÃa y cayó en una trampa. Incluso la más astuta ardilla puede ser atrapada.