El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Acercándose a Uncas, movía la ardiente llama de tal forma que iluminó todo su cuerpo, haciendo evidente hasta el más mínimo de sus gestos. El mohicano conservó una actitud firme e indolente; su mirada, lejos de corresponder a los ojos inquisidores de la vieja, se tomó lejana, como si penetrase todo obstáculo en su camino y se asomase a la eternidad. Terminada su prospección, la anciana le dejó complacida y procedió a llevar a cabo el mismo experimento con el inculpado miembro de su pueblo.
El joven hurón llevaba pintura de guerra, y la constitución física que yacía bajo ella distaba de ser bien proporcionada. La luz de la antorcha reveló cada rasgo de su anatomía, y Duncan sintió repulsión ante el hecho de que temblaba con irreprimible agonía. La mujer comenzó a emitir un aullido solemne ante el triste y vergonzoso espectáculo, hasta que el jefe la apartó con su brazo y la hizo cesar.