El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Junco-que-se-dobla —dijo, dirigiéndose al joven malhechor por su nombre y en su propio idioma—, aunque el Gran Espíritu te ha dotado de un aspecto grato, habría sido mejor que no hubieses nacido. Das rienda suelta a tu lengua en el poblado pero en el combate te callas. Ninguno de mis jóvenes guerreros se ensaña tanto con las estacas de guerra, y a la vez tan poco con los yengeese. El enemigo conoce bien tu espalda, pero no tu mirada. Tres veces te han desafiado, y otras tantas te negaste a responder. Tu nombre no se mencionará jamás en tu tribu, ya está en el olvido.
Mientras pronunciaba estas palabras, el jefe hacía pausas entre cada frase, a la vez que el acusado levantaba su cara de un modo altivo con respecto al rango y la experiencia del otro. La vergüenza, el horror y la arrogancia luchaban entre sí sobre sus facciones. Su mirada, contraída por la angustia, se dirigió con odio hacia aquéllos por cuyas bocas había pasado su nombre, y esta emoción predominó durante un instante. Se levantó y dejó su pecho al descubierto, mirando fijamente el afilado y brillante cuchillo que sostenía su inexorable juez. A medida que el arma penetraba lentamente en su corazón, llegó incluso a sonreír, como si experimentara la alegría de una muerte menos desagradable de lo que había imaginado. Tras esto, cayó pesadamente a los pies del inmóvil e indiferente Uncas.