El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Al llegar al edificio que había servido tanto de tribunal como de patíbulo, el joven se encontró con que todo estaba en calma. Los guerreros se habían reunido de nuevo y estaban fumando tranquilamente mientras hablaban acerca de los incidentes de su reciente incursión en la cabeza del Horicano. Aunque su regreso hubiese podido volver a levantar sospechas acerca de su carácter y propósito, no produjo ninguna reacción visible. Hasta ese momento, la terrible escena que había acabado de ocurrir le pareció favorable para sus intenciones, y no dudó en procurar sacar provecho de una ventaja así.
Sin miedo aparente, entró en el lugar y tomó asiento con porte sobrio, correspondiente con la actitud de sus anfitriones. Una fugaz pero intencionada mirada le sirvió para percatarse de que, si bien Uncas permanecía en el mismo sitio, David no había vuelto a aparecer. Ningún impedimento se le había aplicado al cautivo, salvo la vigilancia de un joven hurón situado cerca, y un guerrero armado ya estaba apostado en el poste de la pequeña entrada a la choza. Por lo demás parecía estar en libertad; aunque estaba excluido de la conversación, haciendo más las veces de una bien esculpida estatua que de un hombre con vida y voluntad propias.