El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Los jóvenes cuyo deber era el de custodiar al prisionero se dispusieron inmediatamente a atarle los brazos con ligaduras hechas de corteza de árbol, tras lo cual le sacaron del lugar en medio de un profundo silencio. Al llegar a la puerta de la choza, Untas se resistió por un momento. Volvió sobre sí y miró desafiante a sus enemigos; fue entonces cuando Duncan pudo distinguir en el rostro de su amigo una entereza que le tranquilizó y le dio nuevas esperanzas.
Magua estaba satisfecho con su éxito, o al menos estaba demasiado pendiente de sus oscuros propósitos como para incidir más en la cuestión. Cogiendo su manta y doblándola sobre su pecho, también abandonó el lugar, sin darse cuenta siquiera del individuo que tenía al lado. A pesar de su valor natural y su desprecio por el enemigo, además de su preocupación por Untas, Heyward no pudo evitar sentir un cierto alivio ante la ausencia de tan peligroso y escurridizo elemento. La exaltación producida por el discurso se iba amainando; los guerreros volvieron a sentarse y de nuevo las nubes de humo llenaron el habitáculo. Durante casi media hora no se oyó una sola sílaba, ni se intercambió una sola mirada. Este ambiente de silencio tétrico y meditabundo era lo que normalmente sucedía tras una escena de violencia y conmoción entre estos seres, quienes combinaban la capacidad de ser impetuosos con la de ser comedidos.