El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Gamut, quien había esperado la llegada de los visitantes para dar rienda suelta a la espiritualidad de su canto, hizo sonar una nota en su pipa musical y dio comienzo a un himno que habría sido capaz de llevar a cabo un milagro si la fe hubiese sido igualmente intensa. Se le permitió terminar la canción, ya que los indios respetaban su supuesta enajenación, y Duncan tampoco quiso detenerle, ya que gracias a que ello le permitía prepararse más concienzudamente. A medida que las últimas notas de la voz del cantante se disipaban en los oídos del joven, se produjo una repetición de las mismas que parecía provenir de ultratumba, lo cual le hizo volverse sobre sí. Tras él, vio la peluda figura del monstruo sentada entre las sombras de la caverna. Allí, mientras agitaba su cuerpo de esa forma tan inquieta que era propia de tal animal, repetía la melodía del cantante, aunque con unos gruñidos que en ocasiones se asemejaban a palabras.
Lo que David sintió al percibir el eco de su canto puede imaginarse mejor que describirse. Sus ojos se abrieron llenos de incredulidad, quedándose mudo de lo maravillado que estaba. Un bien planeado intento de comunicar un mensaje a Heyward fue alterado por una emoción que bien pudiera calificarse como de temor, aunque pareciese admiración. Bajo su influjo se precipitó en decir a viva voz.