El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Siendo de esta manera instigado a llevar a cabo su supuesta función, Heyward se dio cuenta de que cualquier demora adicional podrÃa resultar peligrosa. Procurando por tanto ordenar sus pensamientos, se preparó para llevar a efecto una especie de encantamiento, acompañándose de aquellos ritos de conjuro tan tÃpicos de los curanderos indios, los cuales sólo servÃan para disimular su total incapacidad e ignorancia frente a las enfermedades. Era más que probable que el caos mental que sufrÃa en aquel momento podrÃa hacerle incurrir en un error de fatales consecuencias, si no fuera por la interrupción provocada por uno de los feroces gruñidos del cuadrúpedo. En tres ocasiones intentó renovar sus esfuerzos, y otras tantas se vio alterado su proceder por los ruidos de la bestia, aparentemente cada vez más salvajes y amenazantes que la anterior.
—Los astutos son celosos —dijo el hurón—. Me marcho. Hermano, esta mujer es la esposa de uno de mis más valientes guerreros; trátala bien. ¡Paz! —añadió, indicándole al irritado animal que se callara—. Me voy.