El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos El jefe cumplió su palabra, por lo que Duncan se encontraba en ese momento solo en aquel primitivo y desolado lugar, junto a la desdichada convaleciente y la peligrosa fiera. Esta última estuvo pendiente de los movimientos del indio, así como del eco de la puerta que indicaba su salida definitiva, todo ello propio del instinto de un oso. Acto seguido se volvió, encaminándose pesadamente hacia Duncan y sentándose delante de él en una postura tan natural y erguida como la de un hombre. El joven comenzó a inspeccionar el lugar con su vista, en busca de algún arma con la que pudiera hacer frente al ataque del que presentía iba a ser objeto en cualquier momento.
Parecía, sin embargo, que el estado de humor del animal hubiese variado repentinamente. En lugar de seguir con sus rugidos imitados, o emitir cualquier otra manifestación de enojo, todo su ser se sacudió violentamente, como si le sobreviniese una extraña convulsión interna. Las inmensas garras delanteras maniobraban estúpidamente sobre el hocico de la bestia, mientras Heyward observaba todos estos movimientos con gran recelo; de repente, la cabeza del animal cayó rodando hacia un lado y en su lugar apareció el rostro noble y curtido del explorador, brindándole al soldado una comedida expresión de alegría, a la vez que no dejaba de concentrarse en las prioridades del momento.