El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¡Silencio! —susurró el lacónico hombre del bosque ante la sorpresa de Heyward—. ¡Los bribones están muy cerca, y cualquier ruido que no sea propio de una sesión de brujerÃa les atraerÃa en masa!
—¿Qué significa esta mascarada; y por qué ha ingeniado usted tan arriesgada estratagema?
—¡Ah! El sentido común y los frÃos cálculos a menudo se ven frustrados por la casualidad —contestó el explorador—. Pero como todas las historias tienen un principio, se lo contaré todo respetando el orden de los acontecimientos. Después de separamos, dejé al general y al sagamore en un viejo lugar de refugio donde suelen abundar los castores, y en el que estarán más seguros que en la mismÃsima plaza de Edward, ya que los indios de las tierras altas del noroeste aún veneran al castor, sobre todo al no tener contacto con los tratantes de pieles. Tras esto, Uncas y yo avanzamos hacia el otro campamento, como habÃamos acordado. ¿Ha visto usted al joven?
—¡Sà que le he visto, muy a pesar mÃo! Está cautivo y ha sido condenado a morir a la salida del sol.