El último de los Mohicanos

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—Tenía la sospecha de que algo así le había ocurrido —contestó el explorador, ya con voz menos arrogante y confiada; y recobrando su natural compostura continuó—. Su mala fortuna es la razón por la que estoy aquí, ya que nunca abandonaría al muchacho en manos de los hurones. ¡Qué más quisieran esos bellacos que ejecutar al «Alce que salta» y a «Carabina larga», como me llaman a mí, al mismo tiempo! La verdad es que nunca supe por qué razón me dieron ese apodo, ¡sobre todo teniendo en cuenta que entre el fusil «mata-ciervos» y las carabinas del Canadá hay tanto parecido como entre una esmeralda y una piedra!

—Prosiga con su relato —dijo Heyward con impaciencia—. No sabemos cuándo pueden volver los hurones.

—No tenga usted miedo por eso. Un brujo debe tomarse su tiempo, como el misionero errante de las colonias. Podemos estar tan seguros de no ser interrumpidos como lo estaría un sacerdote al comienzo de su sermón. Pues bien, Uncas y yo nos encontramos con un grupo de esos bellacos que volvía a su poblado. El muchacho se había adelantado demasiado, más de lo que puede permitirse un explorador; de todos modos, no se le puede culpar, ya que tiene el impulsivo entusiasmo de los jóvenes. Además, uno de los hurones resultó ser un cobarde, llevándole en su huida hasta una trampa.

—¡Ése ha pagado cara su falta de valor!


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