El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Mi honorable comandante —contestó halagado el hombre del bosque—. No sabré mucho de ciencias ni letras tras haber vivido tanto tiempo en la naturaleza, pero lo que sà he aprendido bien es el comportamiento y los movimientos de las bestias. Si se hubiese tratado de un gato montés o un puma, la imitación habrÃa sido digna de ver. No conlleva ningún mérito extraordinario el emular los gestos de un animal tan torpe como un oso, aunque también se le podrÃa añadir algo de espectacularidad a la representación. En efecto, no todos los imitadores saben que la naturaleza puede imitarse con exageración, pero difÃcilmente se le puede igualar en su justa medida. De todos modos, aún tenemos mucho por hacer. ¿Dónde está la chica?
—Sabe Dios. He mirado en todas y cada una de las viviendas del poblado sin haber encontrado el más mÃnimo rastro de su presencia entre los salvajes.
—Ya oyó lo que dijo el cantante al marchar: «Ella está cerca, y te espera».
—En aquel momento pensé que se referÃa a esta desafortunada mujer.
—El pobre enclenque se asustó y comunicó mal su mensaje, que tenÃa un significado más implÃcito. Aquà hay suficientes muros como para aislar toda una población. Como buen oso, he de escalarlas en busca de tarros de miel; alimento dulce por el cual la bestia a la que represento siente una gran debilidad.