El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos El explorador miró a sus espaldas y, tras soltar una leve carcajada, comenzó a escalar los diferentes niveles a la manera del animal que emulaba; pero en cuanto llegó a la parte más alta, hizo un gesto de precaución y volvió a bajar con suma rapidez.
—Efectivamente, ella está aquà —susurró—, y podrá dar con ella al traspasar esa puerta. Yo mismo le podrÃa haber dicho algo, pero no quise asustarla con mi atuendo de monstruo. De todos modos, comandante, usted tampoco tiene aspecto agradable ataviado con esa pintura.
Duncan ya estaba subiendo cuando oyó estas últimas palabras de su compañero, que le hicieron reconsiderar su iniciativa.
—¿De verdad parezco repulsivo? —le preguntó enervado.