El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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—A lo mejor no lograría amedrentar a un lobo, ni hacer retroceder a las Reales Fuerzas Americanas, pero depende de quien lo contemple; las mujeres indias le encontrarían atractivo, mientras que las jóvenes de raza europea tienen preferencia por las caras de su propio color. Mire —añadió mientras señalaba una roca de la que procedía un reguero de agua, el cual se introducía por las grietas de la pared—; puede librarse fácilmente del pigmento del sagamore, y cuando regrese le ayudaré a impregnarse de nuevo. Es práctica común entre los hechiceros cambiarse de pintura con la misma frecuencia que los gamos se mudan de pelaje.

El sincero hombre del bosque no hubo de insistir mucho en sus argumentos. No había terminado de hablar y Duncan ya estaba haciendo uso del agua. En un momento su cara se vio libre de toda señal antinatural y agresiva, recobrando su joven y apuesta semblanza. De este modo se preparó para entrevistarse con su amada, dejando precipitadamente a su compañero antes de introducirse por el ya referido acceso. El explorador observó su progreso con satisfacción, asintiendo con la cabeza y deseándole buena suerte en voz baja, tras lo cual se dispuso a examinar fríamente el estado de las provisiones con las que se abastecían los hurones —la caverna era utilizada, entre otras cosas, como almacén de los diversos productos de sus cacerías—.


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