El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Duncan sólo se vio guiado por un destello lejano, cual estrella polar para un navegante enamorado. Gracias a ese brillo, pudo llegar a su preciado objetivo en otro sector de la cueva; un aposento preparado para alojar a una prisionera tan importante como la hija del máximo responsable del fuerte William Henry. El habitáculo estaba repleto de objetos procedentes del pillaje al que fue expuesto dicha plaza fuerte. En medio de todo este desorden la encontró; pálida, nerviosa y aterrorizada, pero a su ojos, hermosa. David ya la habÃa advertido de su visita.
—¡Duncan! —exclamó con su atemorizada voz, asustada incluso de su propia resonancia.
—¡Alice! —contestó él, saltando entre cofres, cajas, armas y demás pertrechos, hasta llegar a ella.
—Siempre pensé que no me abandonarÃas —dijo ella, dejando esbozar un tÃmido gesto de alegrÃa en su desolado rostro—. ¡Pero si vienes solo! Espero sinceramente que no te hayas arriesgado sin contar con ayuda.