El último de los Mohicanos

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Al verla tan temblorosa e incapaz de sostenerse en pie, Duncan la invitó gentilmente a sentarse, mientras le contó todos los incidentes que habían acontecido. Alice le escuchó con vivo interés; y aunque el joven hizo alusión a las penas de su desconsolado padre, tuvo extremo cuidado de no entristecer aún más a su interlocutora. Con todo, las lágrimas recorrieron las mejillas de la muchacha como nunca lo habían hecho antes. Sólo la reconfortante presencia y atención de Duncan pudo calmar su dolor inicial, tras lo cual le siguió escuchando hasta que acabó su relato, manteniendo en todo momento la compostura.

—Y ahora, Alice —añadió él—, aún tienes que ayudarnos. Con el apoyo de nuestro insustituible y diestro amigo, el explorador, podríamos alejamos de estos salvajes, pero tú también has de demostrar todo tu valor. Recuerda que te espera tu venerable progenitor con los brazos abiertos, y que tanto su felicidad como la tuya dependen de tu esfuerzo.

—¿Qué menos debe hacerse por un padre que ha hecho tanto por mí?

—Y por mí también —añadió el joven, mientras sostenía cariñosamente la mano de la chica entre las suyas.

La mirada que le devolvió la joven, llena de inocencia e inquietud, le indicó que debería ser más explícito.


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