El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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—No es momento ni lugar para expresar deseos egoístas —continuó diciendo—; pero un corazón tan apesadumbrado como el mío debe desahogarse alguna vez. Se dice que el dolor es lo que más une a las personas, y el sufrimiento compartido entre tu padre y yo a causa de tu seguridad nos hizo inseparables.

—¿Y qué hay de mi querida Cora, Duncan? No creo que os hayáis olvidado de Cora.

—¿Olvidarla? ¡Nunca! Ninguna mujer podría presumir que se notó más su ausencia. Tu venerable padre no hace distinciones entre sus hijas; pero en mi caso, sin ánimo de ofenderte, he de reconocer que me preocupaba algo menos.

—Entonces no sabes apreciar la valía de mi hermana —dijo Alice retirando su mano—. Ella sólo emplea palabras amables y llenas de admiración cuando se refiere a ti.

—Yo también la considero una gran amiga —contestó Duncan precipitadamente—; y quisiera ser aún más digno de esa amistad. Pero en lo que se refiere a ti, Alice, tengo el permiso de tu padre para poder aspirar a una unión de mayor compromiso.

Alice se estremeció bruscamente y apartó su rostro por un instante, fiel a los comportamientos propios de las de su género; de todos modos, se dejó gobernar enseguida por la sensatez, aunque sin dejar de atender también a sus sentimientos.


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