El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Heyward —le dijo, mirándole a la cara con su enternecedora expresión de cándida inocencia—, antes de seguir adelante, quiero que esté mi padre presente y oÃr de sus propios labios esa bendición.
«No diré más, aunque tampoco puedo decirte menos», le iba a responder el joven, cuando de pronto sintió un leve toque en el hombro. Levantándose inmediatamente, se volvió para enfrentarse al intruso, cuando se encontró con el semblante maligno de Magua. La profunda risa gutural del salvaje le pareció a Duncan como la de un demonio salido del infierno. Si se hubiese dejado llevar por sus impulsos, se habrÃa abalanzado sobre el hurón, dejando que la suerte dictara el resultado de un peligroso combate cuerpo a cuerpo. Pero al estar desarmado y sin saber de qué recursos disponÃa su enemigo, decidió actuar con prudencia, máxime al recordar que la muchacha que más querÃa aún estaba bajo su responsabilidad.
—¿Qué es lo que quieres? —dijo Alice con voz débil, cruzando sus brazos en actitud desafiante y procurando ocultar el miedo que sentÃa por la seguridad de Heyward. Este frÃo recibimiento era el que acostumbraba darle la muchacha a su captor, aunque ahora le preocupaba el bienestar del joven.