El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Uncas había apoyado el cuerpo contra la pared de la vivienda, cerrando los ojos como si quisiera así desterrar tan repugnante imagen de su presencia. Pero cuando oyó el sonido de la serpiente, se incorporó y miró a ambos lados, moviendo su cabeza en todas direcciones hasta que se fijó de nuevo en el rostro del monstruo peludo, mirándole extasiado, como si estuviera bajo el influjo de un hechizo. Nuevamente se repitieron los sonidos, que evidentemente procedían de la boca de la bestia. De nuevo el joven cubrió toda la habitación con la vista, para mirar otra vez al oso y decir en voz baja y susurrante:
—¡Ojo de halcón!
—Córtele las ligaduras —le dijo Ojo de halcón a David, quien se acababa de aproximar a ellos.
El cantante hizo lo que se le había dicho y Uncas se vio libre para mover sus extremidades. Al mismo tiempo la piel del animal se agitó, emergiendo de la misma la figura completa del explorador. El mohicano parecía comprender la intención de su amigo de un modo intuitivo, por lo que no expresó ni la más mínima palabra ni gesto en señal de sorpresa. Cuando por fin Ojo de halcón se había despojado totalmente de su peludo disfraz, el cual se había fijado sobre su cuerpo a base de tiras de cuero, produjo un afilado cuchillo que puso en manos de Uncas.