El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Uncas ocupaba un lugar distante en una esquina, con el cuerpo en posición sedente y fuertemente atado de pies y manos. Cuando la desagradable figura del oso se presentó ante él, el joven mohicano ni siquiera le brindó una mirada al animal. Habiendo dejado a David vigilando la entrada, el explorador no creía prudente desvelar su identidad hasta que estuviese seguro de no ser visto. Por lo tanto, en lugar de hablar se limitó a imitar las acciones propias del animal que representaba. El mohicano, que en un primer momento creyó que se trataba de un verdadero oso enviado por sus enemigos para torturarle, se dio cuenta, a diferencia de lo que pasó con Heyward, de que se trataba de una farsa y no la verdadera bestia. Si Ojo de halcón se hubiese percatado de tales pensamientos por parte del avispado Uncas, se habría esmerado más en su representación, pero la mirada de hostilidad que por fin le dirigió el joven le hizo desistir sin llegar a saber que había sido descubierto su disfraz, creyendo que la del indio era una mera actitud desafiante. En cuanto dio David la señal pertinente, se oyeron murmullos en el interior de la choza en vez de los feroces gruñidos del oso.