El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos El hurón comunicó el mensaje de David a sus compañeros, quienes a su vez acogieron la iniciativa con el deleite propio de seres indómitos que en la crueldad encuentran entretenimiento. Se retiraron un poco de la entrada, haciendo señas para que se acercara el supuesto hechicero. Pero el oso, lejos de obedecerles, se quedó sentado allí y gruñó.
—El hombre sabio teme que su aliento afecte a sus hermanos y les prive también de su valor —añadió David al comprender la señal que le estaba haciendo el otro—; por lo tanto deben alejarse más.
Los hurones, pensando que tal posibilidad sería la mayor de sus desgracias, se echaron atrás sin vacilación. De este modo, quedaron tan alejados que no podían oír la conversación de los otros, pero sí mantener vigilada la entrada a la choza. Satisfecho de esta circunstancia, el explorador entró lentamente en la edificación. Todo estaba en silencio en la penumbra de su interior, donde se encontraba el solitario cautivo; la poca luz que había era la procedente de las ascuas de un fuego que había servido para cocinar.