El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Dada la manifiesta incapacidad del explorador de hablar a los hurones en su propia lengua, se vio obligado a confiarle todo el diálogo a David. A pesar de su simpleza de carácter, éste cumplió sobradamente con lo que se le habÃa encomendado, con lo cual su instructor quedó más que satisfecho.
—¡Los delaware son mujeres! —exclamó, dirigiéndose al salvaje que comprendÃa algo de su idioma—. Los yengeese, esos estúpidos compatriotas mÃos, les han dicho que retomen el hacha de guerra y se enfrenten a sus padres del Canadá, olvidándose asà de su verdadero sexo. ¿Quiere oÃr mi hermano cómo «Le Cerf Agile» pide que le traigan vestidos, y ver cómo llora delante de los hurones en el momento de su ejecución?
La exclamación «¡hugh!», que dio como respuesta contundente el salvaje, daba a entender con cuánta satisfacción presenciarÃa tales debilidades por parte de un enemigo que durante tanto tiempo habÃa sido odiado y temido.
—¡Entonces que se haga a un lado y deje que el hombre sabio eche su aliento sobre ese perro! ¡Que lo diga también a mis hermanos!