El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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Durante el transcurso de estos acontecimientos, apareció de súbito la figura de un hombre en el extremo más distante de una plataforma rocosa que se elevaba sobre el nivel del campamento. No portaba armas, y su pintura tendía a suavizar más que a reforzar la natural severidad de su rostro. Cuando los delaware le vieron, el hombre se detuvo e hizo un gesto amistoso al levantar su brazo al cielo y colocarlo con fuerza sobre su pecho. Los habitantes contestaron a su saludo con un leve murmullo de bienvenida y le indicaron que se acercara mediante otros indicios de agrado. Animado por tales manifestaciones, el oscuro personaje abandonó el cerro rocoso, sobre el que su figura destacaba fuertemente contra la claridad del cielo, y se dirigió con dignidad hasta el mismo centro del poblado. Mientras se aproximaba, no hizo más ruido que el que producían los ligeros ornamentos plateados que adornaban su cuello y brazos, además de los pequeños cascabeles que llevaba en sus mocasines de piel de gamo. Al pasar por su lado, hizo numerosos gestos de saludo cortés a los hombres, ignorando por completo a las mujeres, dando a entender que la presencia de ellas no tenía en aquellos momentos la menor trascendencia para el asunto que venía a tratar. Cuando llegó hasta el grupo de hombres por cuyo aspecto se sabía que estaba compuesto por los jefes principales, el desconocido hizo una pausa, pudiendo comprobar los delaware que la figura nerviosa y erguida que tenían delante era la del célebre jefe hurón, Le Renard Subtil.


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