El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos La conversación que tuvo lugar durante la austera comida fue también extremadamente escasa, centrándose en la cacerÃa que habÃa protagonizado Magua recientemente. Era muy difÃcil ver algo más en este acto de correspondencia amistosa que una mera visita de cortesÃa, pero todos los presentes eran conscientes de que habÃa algún asunto confidencial de por medio, y que sólo les concernÃa a ellos. Cuando los apetitos fueron saciados, las mujeres retiraron los utensilios de comer y los dos protagonistas implicados se prepararon para lo que iba a ser una dura prueba para sus respectivos ingenios.
—¿Acaso la cara de mi gran padre del Canadá se ha vuelto de nuevo hacia sus hijos hurones? —preguntó el portavoz de los delaware.
—¿Es que alguna vez no ha sido as� —le respondió Magua—. A mi pueblo le llama «el más querido».
El delaware bajó la mirada con gesto decepcionado ante lo que él sabÃa que era falso y continuó diciendo:
—¡Los tomahawks de tus jóvenes guerreros se han vuelto muy rojos!
—Es verdad; pero ahora están limpios y romos, ya que los yengeese están muertos y los delaware son nuestros vecinos.