El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos El otro aceptó este cumplido haciendo un gesto con la mano y permaneció en silencio. Entonces, como si la alusión a la matanza le recordara algo más, le preguntó:
—¿Acaso mi prisionera supone un problema para mis hermanos?
—Ella es bienvenida.
—El camino entre los hurones y los delaware es corto y está despejado; que sea enviada con las mujeres de mi tribu si le causa trastornos a mi hermano.
—Ella es bienvenida —le contestó el jefe de la otra nación, con más énfasis todavía.
Magua, perplejo, permaneció callado durante varios minutos, aunque aparentara indiferencia ante el fracaso de este primer intento de recobrar la custodia de Cora.
—¿Mis guerreros dejan suficiente espacio para que los delaware puedan cazar en los montes? —continuó tras este silencio.
—Los lenape son dueños de sus propias colinas —le contestó el otro con bastante contundencia.
—Me parece bien. ¡La justicia es lo que debe regir la vida de un piel roja! ¿Por qué habrían de afilar sus tomahawks y blandirlos entre sí los que son hermanos? ¿Acaso no están para eso los rostros pálidos?
—¡Bien dicho! —exclamaron dos o tres de los presentes.