El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Levantando su fusil con el máximo cuidado, y tras asegurar su puntería tres veces, disparó. La bala cortó la madera a escasos centímetros de la vasija y una exclamación generalizada, llena de admiración, confirmó la óptima calidad del disparo. Hasta el mismo Ojo de halcón movió la cabeza en señal de aprobación, como si reconociera que había sido mejor de lo que esperaba. Pero en vez de mostrar intenciones de competir con tan buen tirador, se quedó apoyado sobre el fusil durante más de un minuto, en actitud meditabunda. Sus pensamientos fueron interrumpidos, no obstante, por uno de los indios jóvenes que les había facilitado las armas, quien le palpó el hombro y le preguntó en un inglés deficiente:
—¿Puede el rostro pálido superar eso?