El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¡SÃ, hurón! —exclamó el explorador, levantando el pequeño fusil con la mano derecha y agitándolo frente a Magua con tanta facilidad como si fuera una caña—. ¡SÃ, hurón, podrÃa derribarte de un golpe ahora mismo, y ningún poder terrenal lo evitarÃa! ¡El poderoso halcón no podrÃa estar más seguro de su presa, la paloma, de lo que estoy yo en este momento con respecto a ti! ¿Por qué no lo hago? Pues ¡porque las particularidades de mi color asà lo prohÃben, y podrÃa acarrear la desgracia para unos seres tiernos e inocentes! ¡Si reconoces a alguna entidad que se corresponda con Dios, dale las gracias para tus adentros, porque le debes mucho!
El semblante acalorado, la fulgurante mirada y la tensa musculatura del explorador provocaron una reacción de asombro reprimido entre todos los que le oyeron. Los delaware contuvieron la respiración por un instante; pero Magua, incluso en el momento de mayor tensión y duda de estas manifestaciones, permaneció quieto y tranquilo, rÃgido como una estatua en su lugar entre la multitud.
—Supéralo —repitió el joven delaware al lado del explorador.
—Superar ¿qué, tonto, qué? —gritó Ojo de halcón, todavÃa sosteniendo el arma sobre su cabeza con enojo, aunque su mirada ya no la tenÃa puesta en Magua.