El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¡El azar! —repitió el explorador, exaltado, quien se empeñaba tercamente en demostrar su identidad a toda costa, haciendo caso omiso a las señales encubiertas que Heyward le hacÃa para seguir con el juego que se proponÃa—. ¿Acaso ese mentiroso hurón también cree que se debe al azar? ¡Que le den otra arma y nos dejen enfrentamos cara a cara, sin parapetos ni defensas, y que la Divina Providencia en combinación con nuestras respectivas vistas decidan el asunto! No le desafÃo a usted, comandante, ya que somos del mismo color de piel, y ambos servimos a un mismo jefe.
—Que el hurón es un mentiroso es bien evidente —matizó Heyward con frialdad—; ya ha oÃdo cómo le llamaba a usted La Longue Carabine.
SerÃa imposible predecir con qué exabrupto habrÃa replicado Ojo de halcón, dado su incansable empeño por reivindicar su nombre, si no fuera por el nuevo inciso del anciano delaware.
—El halcón que procede de las nubes puede regresar cuando lo desee —dijo—; que se les entreguen armas de nuevo.
En esta ocasión el explorador recogió el fusil con entusiasmo; y Magua no tuvo que preocuparse ya más, aunque no apartó su recelosa vista de los movimientos del tirador.