El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Que sea demostrado, ante esta tribu, quién es el mejor de los dos —gritó el explorador, golpeando la culata de su arma con el fatÃdico dedo que tantas veces habÃa apretado un gatillo—. ¿Ve usted la taza que cuelga de aquel árbol, comandante? Si es usted un tirador tan bueno como lo requiere el territorio fronterizo, ¡déjeme ver cómo la rompe!
Duncan vio el objeto indicado y se dispuso a revalidar la prueba. Se trataba de uno de los muchos utensilios utilizados por los indios, y que pendÃa de la rama seca de un diminuto pino mediante una tira de gamuza, a una distancia mÃnima de cien metros. El amor propio del individuo funciona a veces de un modo tan extraño que el joven soldado, aun a sabiendas de lo que pretendÃan los salvajes, olvidó momentáneamente el verdadero propósito de la contienda y sintió un irreprimible deseo de demostrar su valÃa. Ya se habÃa visto que su destreza no era en absoluto desdeñable, y ahora se esforzaba en alcanzar sus máximas posibilidades. Si su vida hubiese dependido del asunto, la punterÃa de Duncan no habrÃa sido más cuidadosa ni más prudente. Disparó, y tres o cuatro indios jóvenes corrieron al lugar para dar cuenta, por medio de un grito, de que la bala se habÃa incrustado en el árbol, justo al lado del objeto al que se querÃa dar. Los guerreros hicieron ver su satisfacción abiertamente, para luego volver sus ojos hacia las maniobras del rival.