El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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—¡No está mal para las Reales Fuerzas Americanas! —dijo Ojo de halcón, con ese tono jocoso que tanto le caracterizaba—; pero si mi arma se desviara tanto, muchas de las martas que ahora son guantes de señora aún seguirían correteando por el bosque, junto con más de un mingo ya fenecido, que aún estarían haciendo de las suyas en los límites de las provincias. ¡Espero que la mujer india a la que pertenece la taza tenga más en su choza, ya que ésta no volverá a contener agua nunca más!

El explorador había estado comprobando su arma y la amartilló mientras hablaba; y dando un paso hacia atrás, levantó el cañón con un movimiento firme y regular, sin variación hacia los lados. Cuando ya estaba perfectamente nivelada, pareció que el hombre y el fusil formaban una sola entidad, como si se tratara de una estatua. Durante ese breve momento emanaron de la boca del arma sus contenidos, envueltos en un inmenso y cegador fogonazo. De nuevo se aproximaron los indios jóvenes; pero sus decepcionados semblantes daban a entender que no había rastro alguno de la bala.

—Se acabó —le dijo el viejo jefe al explorador, con tono de claro desprecio—; eres un lobo disfrazado de perro. Ahora sólo hablaré con el «Fusil Largo» de los yengeese.


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