El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Ah, si tuviera ese arma de la que hablas en mis manos, ¡sena capaz de cortar la tira de gamuza de un disparo, y sin que se rompa la taza al caer! —le contestó Ojo de halcón, sin dejarse medrar por la actitud del otro—. ¡Idiotas! Si queréis encontrar la bala de un buen tirador, ¡debéis mirar en el blanco, y no a su alrededor!
Los jóvenes indios enseguida comprendieron lo dicho, ya que en esta ocasión lo dijo en lengua delaware, y arrancaron la taza del árbol para levantarla al sol. Gritaron exultantes al comprobar que habÃa un orificio en el fondo de la misma, el cual se habÃa producido al pasar el proyectil por la estrecha abertura superior del cuenco. Ante tan inesperado suceso, todos los guerreros presentes mostraron fervorosamente su regocijo. El asunto estaba zanjado, confirmándose además la temida reputación de Ojo de halcón. Las miradas llenas de admiración de las que fue objeto Heyward ahora pasaron al rostro curtido del explorador, convirtiéndose éste en el inmediato objeto de la atención de esos seres tan simples y primitivos que le rodeaban. Cuando la repentina y ruidosa conmoción se hubo mitigado en cierto grado, el anciano jefe reanudó su procedimiento.
—¿Por qué quisiste engañarme? —le dijo a Duncan—. ¿Es que los delaware son tontos, y no pueden distinguir un gato de una pantera?