El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —TodavÃa van a confundir el hurón con un pájaro cantor —le respondió Duncan, intentando adoptar el lenguaje metafórico de los nativos.
—Está bien. Veremos quién puede cerrar los oÃdos de los hombres. Hermano —añadió el jefe, dirigiéndose a Magua—, los delaware escuchan.
Tras ser de este modo citado a declarar sobre sus objetivos, el hurón se levantó y, acercándose con la mayor disposición y dignidad al mismo centro de la asamblea, en donde se encontró cara a cara con los cautivos, se preparó para hablar. No obstante, antes de abrir la boca, se permitió observar toda la hilera de rostros sinceros que le circundaba, como si quisiese adaptar su tono a las caracterÃsticas de su público. A Ojo de halcón le dedicó una mirada de respetuosa hostilidad; a Duncan, una de perpetuo odio; a la frágil Alice apenas le dio aprecio; pero cuando se enfrentó a la gallarda y valiente belleza de Cora, su mirada vaciló y mantuvo una expresión que serÃa difÃcil de concretar. Luego, llevado por sus oscuras intenciones, habló en la lengua de los del Canadá, la cual sabÃa que era dominada por la mayorÃa de los presentes.