El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —El EspÃritu que creó a los hombres les hizo de distintos colores —comenzó a decir el avispado hurón—. Algunos son más negros que el torpe oso. Éstos quiso que fueran esclavos, y los hizo trabajar siempre, como el castor. Les podéis oÃr gemir cuando sopla el viento del sur, se les oye más que a los bisontes, por toda la orilla del gran lago salado, cuando los transportan en las grandes canoas. A otros los creó con rostros más pálidos que el armiño del bosque, y éstos quiso que fueran comerciantes; es decir, perros para sus mujeres y lobos con sus esclavos. Les dio a estas gentes las caracterÃsticas de la paloma, alas que no cansan, más retoños que hojas hay en los árboles, y un apetito insaciable. Les dio lenguas que imitan la falsa llamada del gato montés, corazones como el de la liebre, la astucia del cerdo, que no la del zorro, y brazos más largos que las patas del alce. Con su lengua el rostro pálido capta la atención de los indios, su corazón le dicta que pague a otros guerreros para que libre sus batallas, su astucia le permite acumular todos los bienes de la tierra, y sus brazos abarcan todo el territorio que va desde las orillas del agua salada hasta las islas de los grandes lagos. Su avaricia le enferma. Dios le ha dado de sobra, y aún asà lo quiere todo. Asà son los rostros pálidos.