El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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—A algunos el Gran Espíritu los creó con la piel más brillante y rojiza que ese sol que vemos —continuó diciendo Magua, señalando histriónicamente hacia el referido astro, que en el cielo luchaba para dejarse ver a través de la neblina del horizonte—, y éstos los hizo de acuerdo con su mentalidad. Les dio esta isla tal y como Él la creó, cubierta de árboles y llena de caza. El viento formó los descampados, el sol y la lluvia hicieron madurar sus frutos, y la nieve les recordó que debían dar gracias por todo ello. ¿Qué necesidad tenían de carreteras para desplazarse? ¡Podían ver a través de las colinas! Mientras los castores trabajaban, se quedaban a la sombra y miraban. Los vientos les refrescaban en el verano; en el invierno, las pieles de los animales les abrigaban. Si luchaban entre sí, era para demostrar su hombría. Eran valientes; eran justos; eran felices.

En ese punto hizo el orador una pausa, y de nuevo miró a su alrededor, para comprobar el efecto favorable de su discurso sobre los que le escuchaban. En todas partes se encontraba con caras que le miraban fijamente, y cabezas erguidas con los orificios nasales expandidos, como si cada uno de esos individuos se sintiera capaz y dispuesto a enmendar todos los males infringidos sobre su raza.



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