El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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—¿Quién ha nombrado a los hijos de los lenape? —dijo con voz profunda y gutural, asombrosamente audible gracias al silencio total que reinaba entre la multitud—. ¿Quién habla de cosas pasadas? ¿Acaso la larva no da lugar al gusano, y el gusano a la mariposa, para luego morir? ¿Qué razón hay para contarles a los delaware lo bueno del pasado? Es mejor dar las gracias a Manittou[31] por lo que aún permanece.

—Soy un wyandote —dijo Magua, acercándose más a la rústica tarima sobre la que estaba colocado el otro—, un amigo de Tamenund.

—¡Un amigo! —repitió el jefe, frunciendo el ceño y mostrando lo que en su edad de plenitud debió ser una terrible mirada llena de severidad—. ¿Acaso los mingos son los regidores de la tierra? ¿Qué le trae a un hurón hasta aquí?

—Justicia. Sus prisioneros están con sus hermanos y vuelve a por ellos.

Tamenund volvió la cabeza hacia uno de sus ayudantes y escuchó la breve explicación que éste le dio.

Luego miró al solicitante y le contempló durante un momento con gran atención.

Después de esto, dijo con voz débil y reticente:

—La justicia es la ley del Gran Manitto. Hijos míos, dad comida al forastero… Luego, hurón, coge lo tuyo y vete.


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