El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Los pájaros cantores han abierto sus picos —le contestó Untas, utilizando el suave tono musical de su voz—, y Tamenund les ha oÃdo cantar.
El jefe mostró inquietud, mientras volvÃa su cabeza de lado, como si quisiera oÃr las huidizas notas de una melodÃa pasajera.
—¿Está Tamenund soñando? —exclamó—. ¿Qué voz es ésta? ¿Es que los inviernos han dado marcha atrás? ¿volverá el verano para los hijos de los lenape?
Un silencio respetuoso y solemne siguió a tan incoherentes exclamaciones emitidas por el profeta de los delaware. Sus súbditos ya habÃan supuesto que estaba teniendo lugar una de esas misteriosas conversaciones que frecuentemente sostenÃa con alguna inteligencia superior, por lo que aguardaban con asombro el resultado de la misma. No obstante, tras una prudente pausa, uno de los hombres ancianos se percató de que el jefe habÃa perdido la noción del asunto que se estaba tratando y se atrevió a recordarle que tenÃa al prisionero delante de él.
—El falso delaware tiembla ante las palabras de Tamenund —dijo—. No es más que un perro que aúlla cuando los yengeese le hacen seguir un rastro.
—Y vosotros —contestó Uncas, mirando a su alrededor con severidad—, ¡sois perros que lloran cuando el francés os tira las sobras de su gamo!