El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos El tranquilo y profundo silencio que se impuso tras estas palabras dio a entender con cuánta reverencia el pueblo acogió el mensaje del patriarca. Nadie osó contestarle, aunque todos se mantuvieron expectantes de lo que seguirÃa. No obstante, mientras le miraba con el afecto y la veneración propias de un niño, Uncas se creyó con todo derecho de darle respuesta, obrada cuenta de su propio rango.
—Cuatro guerreros de su raza han vivido y muerto —dijo—, desde que el amigo de Tamenund guiara a su pueblo en la guerra. La sangre de la tortuga ha corrido por las venas de muchos jefes, pero todos han regresado a la tierra de la cual provinieron, a excepción de Chingachgook y su hijo.
—Es verdad… Es verdad —respondió el jefe, mientras un recuerdo fugaz deshizo las placenteras fantasÃas que se habÃa imaginado, volviéndole a la realidad de la verdadera historia de su nación—. Nuestros hombres sabios a menudo han dicho que dos guerreros de la raza «sin cambiar» se encontraban en las colinas de los yengeese; ¿por qué se han ausentado tanto tiempo de sus puestos en el consejo?
Ante estas palabras el joven elevó la cabeza, la cual habÃa inclinado en reverencia hasta aquel momento, y hablando en voz alta para que le oyeran todos, se dispuso a hablar, como si quisiera dejar clara de una vez por todas cuál era la postura de su familia: