El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¡La hora de Tamenund está cerca! —exclamó el patriarca—. ¡Al fin, el dÃa sustituye a la noche! Doy gracias al Manittou porque uno está aquà para ocupar mi lugar en el fuego del consejo. ¡Uncas, el hijo de Uncas, ha sido encontrado! Que los ojos de un águila moribunda puedan contemplar el amanecer.
El joven se subió a la tarima con suavidad, pero a la vez con orgullo, desde donde se hizo visible para toda la agitada y asombrada multitud. Tamenund le acercó su brazo y le trajo hacia sà para observarlo de cerca, estudiando cada detalle de su rostro, todo ello con la mirada propia de uno que recuerda dÃas pasados llenos de felicidad.
—¿Acaso ha vuelto a ser Tamenund un niño? —se preguntó en alto el sorprendido profeta—. ¿Acaso ha sido sólo un sueño que mi pueblo se desperdigarÃa como granos de arena al viento y los yengeese serÃan más abundantes que las hojas de los árboles? La flecha de Tamenund no supone una amenaza para la fauna, ya que su brazo está más reseco que la rama de un roble viejo; un caracol serÃa más rápido; y sin embargo delante de sà tiene a Uncas, igual que como era cuando ambos combatieron a los rostros pálidos… ¡Uncas, la pantera de su tribu, el hijo mayor de los lenape, el sagamore más sabio de los mohicanos! Decidme, miembros de los delaware, ¿es que Tamenund se ha quedado durmiendo durante cien inviernos?