El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Durante un instante Uncas disfrutó de su triunfo, sonriendo confiadamente. A continuación, hizo que el grupo se apartara con un largo y decidido movimiento de su brazo. Avanzó entre la nación como si fuera un rey, y habló con un tono de voz que se oía por encima del murmullo de admiración que en aquel momento recorría la multitud.
—Hombres de los lenni lenape —dijo—. ¡Mi raza sostiene la tierra! ¡Vuestra insignificante tribu sólo ocupa un lugar sobre mi caparazón! ¿Qué fuego encendido por un delaware podría quemar al hijo de mis padres? —añadió mientras señalaba el sencillo blasón que llevaba en la piel—; ¡La sangre procedente de tal estirpe apagaría vuestras llamas! ¡Mi raza es la abuela de las naciones!
—¿Quién eres tú? —exigió saber Tamenund, levantándose ante las exclamaciones que estaba oyendo, sin haber comprendido el significado de las palabras del prisionero.
—Uncas, el hijo de Chingachgook —contestó el cautivo, con modestia, dando la espalda a la nación e inclinando respetuosamente la cabeza ante la categoría y la edad del que le había preguntado—; un hijo del gran Unamis[33].