El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos El camino se extendía a una milla de distancia a lo largo del curso del riachuelo. Aunque disfrutaban de la cobertura y protección visual proporcionadas por las inclinadas orillas y la vegetación colindante, no escatimaron medidas de precaución frente a un posible ataque indio. Había un guerrero agazapado en cada flanco, avanzando casi a rastras y vigilando el bosque a cada paso, en busca de algún indicio sospechoso. De vez en cuando se paraban para percibir mediante sus agudos sentidos cualquier sonido hostil, imposible de detectar por parte de un hombre que no viviera en una condición tan natural. No obstante, su marcha no fue interrumpida en modo alguno, y alcanzaron el punto en el que el río menor desembocaba en el mayor aparentemente sin haber sido detectados. Aquí se detuvo el explorador para examinar los signos que le brindaba el bosque.