El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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No entraremos a detallar el encuentro entre el explorador y Chingachgook, o la más entrañable reunión que tuvo lugar entre Duncan y Munro. Unas pocas palabras sirvieron para explicar cómo estaban las cosas, y Ojo de halcón, tras señalar hacia su grupo, renunció a toda la autoridad que tenía sobre él en favor del jefe mohicano. Chingachgook asumió este cargo con la dignidad propia de aquel cuyos orígenes y experiencia le acreditaban por pleno derecho, como cualquier mandatario guerrero nativo. Siguiendo al explorador, tomó el mando y llevó al grupo de nuevo a través de los arbustos, cobrándose los hombres en su recorrido las cabelleras de los hurones caídos y ocultando los cuerpos de sus propios guerreros muertos, hasta que llegaron a un lugar en el que su líder les mandó hacer un alto.

Los guerreros, quienes se habían esforzado abiertamente en la batalla que acababa de concluir, ahora descansaban momentáneamente sobre un trozo de terreno llano, rodeados de suficientes árboles como para ocultarles. La tierra descendía bruscamente delante suyo, por lo que sus ojos pudieron contemplar un estrecho y oscuro valle boscoso que se extendía varios kilómetros. Era en ese lugar tan tenebroso y sombrío en el que Uncas aún mantenía su lucha con la fuerza principal de los hurones.


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