El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Protegido por su fusil, además de no ser tan presa del entusiasmo como sus dos compañeros, el explorador dejó que estos le tomaran la delantera durante un momento, siendo Uncas el que arrastraba a Heyward detrás suyo. De esta guisa, y en muy poco tiempo, superaron rocas, precipicios y otros obstáculos que, en condiciones normales, habrÃan sido poco menos que inexpugnables. Pero los impetuosos jóvenes obtuvieron su recompensa al ver que acortaban distancias con respecto a los hurones, los cuales tenÃan la desventaja de tener que estar pendiente de Cora.
—¡Quieto ahÃ, perro de los wyandotes! —exclamó Uncas, mientras agitaba su reluciente tomahawk en dirección a Magua—. ¡Te lo manda uno al que consideras una mujer delaware!
—Me niego a seguir —protestó Cora, deteniéndose repentinamente sobre una plataforma rocosa que se asomaba a un inmenso precipicio que llegaba hasta el pie de la montaña—. Mátame si lo deseas, hurón indeseable; no pienso seguir.